por Yamil Mahmud
La discusión no transcurre únicamente a través de la elección de un entrenador de pocos pergaminos y menos cartel como Juan Pablo Vojvoda. Tampoco a través de una derrota o una eliminación puntual. Lo que comienza a instalarse es una inquietud más profunda: si la gestión de Diego Milito tiene un rumbo claro para sostener a Racing en un rango que, tiempo atrás, nadie osaba discutir: una de las instituciones con mejor salud política e institucional dentro de Sudamérica.
Los síntomas son varios y vienen acumulándose desde hace tiempo.
El primero es deportivo. Racing enfrenta una posibilidad que hasta hace poco parecía impensada: quedarse afuera de todas las competencias internacionales en 2027. Para una institución que había logrado naturalizar su presencia en Libertadores —y llegar lejos— y Sudamericana —e incluso ganarla—, sería un retroceso significativo en términos deportivos, económicos e institucionales.
Pero ese escenario no es producto de la mala suerte. Es consecuencia de una sucesión de decisiones que no han dado resultado.
Los mercados de pases son, probablemente, el ejemplo más evidente. Racing pasó de ser un club reconocido por incorporar con criterio, potenciar activos y sostener equilibrio financiero, a protagonizar ventanas de transferencias que dejaron muchos más interrogantes que certezas.
Se dilapidaron recursos importantes en futbolistas sin jerarquía probada. Llegaron numerosos. Sin embargo, el rendimiento colectivo no mejoró en la misma proporción. Por el contrario, el plantel parece haber perdido categoría, equilibrio y profundidad.
La Secretaría Técnica tampoco logró consolidar una identidad futbolística. La sensación es que el equipo fue construyéndose sobre la marcha, respondiendo más a oportunidades circunstanciales que a una planificación estratégica. Los resultados no hacen más que exponer esas falencias.
La eliminación de la Copa Sudamericana fue una de las expresiones más visibles de ese proceso. No sólo por quedar afuera de una competencia donde Racing tenía aspiraciones legítimas, sino por la forma en que ocurrió, dejando una sensación de improvisación y fragilidad competitiva difícil de ignorar.
Sin embargo, quizás el dato más preocupante sea otro: por primera vez en muchos años, Racing dejó de ser un club al que todos querían llegar para convertirse en un club del que muchos quieren irse.
Las declaraciones públicas, los rumores de mercado, las negociaciones contractuales y los permanentes sondeos muestran una tendencia inquietante. Futbolistas importantes buscan alternativas, representantes exploran salidas y la sensación de pertenencia que durante años fue una fortaleza institucional parece haberse debilitado.
No se trata solamente de transferencias.
Los grandes equipos venden jugadores. Es parte de la lógica del fútbol moderno. La diferencia está en el clima. Durante años Racing transmitió crecimiento, estabilidad y perspectivas deportivas atractivas. Hoy transmite incertidumbre. Y cuando la incertidumbre se instala, los futbolistas empiezan a mirar hacia otros destinos.
A esa sucesión de errores se suma un episodio que expuso contradicciones difíciles de explicar. Gustavo Costas no era un entrenador más. Era —y es— uno de los grandes símbolos contemporáneos de Racing. Un hombre identificado con la historia, la identidad y el sentimiento académico como pocos.
Por eso llamó la atención la forma en que se administró su salida. La dirigencia decidió avanzar meses atrás con la firma de un contrato de larga duración, pensado para extenderse prácticamente hasta el final del mandato de Diego Milito. Sin embargo, poco tiempo después, el proyecto fue descartado y Costas terminó alejándose del club.
Más allá de las razones futbolísticas que puedan esgrimirse, la secuencia dejó interrogantes sobre la capacidad de planificación de la conducción. Si Costas representaba el entrenador elegido para liderar un proceso de largo plazo, resulta difícil comprender por qué se resolvió su salida tan poco tiempo después de haber rubricado un vínculo de semejante extensión. Y si no existía plena convicción sobre su continuidad, entonces la decisión de otorgarle ese contrato también merece ser revisada.
La situación adquiere una dimensión adicional por tratarse de un ídolo. Racing construyó buena parte de su identidad reciente alrededor de sus símbolos, y la relación con ellos nunca es un asunto menor. La sensación que quedó en muchos sectores del club fue la de una despedida desprolija, innecesariamente traumática y mal gestionada desde lo político e institucional.
Costas no se fue solamente como entrenador. Se fue uno de los pocos activos emocionales capaces de unir a oficialismo, oposición e hinchas detrás de una misma bandera.
¿Más? Si, hay más. La infraestructura, una de las promesas de gestión más sustantivas de Milito en campaña, tampoco ayuda. Socios y agrupaciones opositoras vienen señalando problemas de mantenimiento, demoras en obras y una percepción creciente de deterioro en distintas áreas del club. Quizás no sea un problema explosivo por sí solo, pero sí funciona como un indicador del estado general de la gestión.
A esto se suma un aspecto que suele pasar inadvertido para el hincha común, pero que tiene enorme importancia en la vida institucional: la pérdida de peso político dentro de la AFA. Racing había construido durante años una posición de relevancia en los ámbitos donde se toman las decisiones más importantes del fútbol argentino. Tenía representación, influencia y capacidad de interlocución.
Hoy esa presencia parece mucho más reducida. La Academia dejó de ocupar ese lugar estratégico que supo tener en la mesa donde se discuten calendarios, reglamentos, formatos de competencia y cuestiones centrales para el futuro del fútbol argentino. Y en un escenario cada vez más político, perder influencia rara vez es una buena noticia.
Por separado, cada uno de estos problemas podría ser administrable. Ninguno de esos elementos, por sí solo, explica una crisis. Pero todos juntos empiezan a dibujar algo más serio. Lo preocupante es la simultaneidad.
Todavía es temprano para hablar de un fracaso definitivo. Pero es claro que la gestión Milito atraviesa su momento más delicado. Y que las respuestas que se den en los próximos meses serán determinantes para saber si Racing está ingresando en una crisis institucional de mayor profundidad.
El club sabe de esto. Sólo basta recordar etapas -y apellidos- fatídicos en el inconsciente colectivo racinguista.
El punto es que los clubes grandes no entran en crisis el día que pierden un partido. Empiezan a hacerlo cuando sus respectivas administraciones comienzan a dejar claro que el futuro no será mejor que el presente. Por primera vez en mucho tiempo, Racing parece haber entrado en ese espiral.